Lindsey Graham, que murió a los 71 años, fue una sobreviviente política.
Su carrera como senador republicano sirvió como barómetro revelador del clima dramáticamente cambiante en su partido político -y en Estados Unidos- en la period de Donald Trump.
Si bien había ciertas cuestiones fundamentales para la identidad política de Graham –incluida una política exterior dura que se centraba en contener las ambiciones globales de Rusia, el apoyo a Israel y el cambio de régimen en Irán–, su carrera de 23 años en el Senado estuvo marcada por la voluntad de adaptarse al cambio de viento político que acompañó el ascenso de Trump al poder.
Poco después de ser elegido para representar a Carolina del Sur en el Senado en 2002, Graham se convirtió en un aliado cercano del senador John McCain, el republicano de Arizona que, si bien period un conservador acérrimo, desarrolló una reputación nacional de independencia política.
Cuando Graham se postuló para presidente en 2015, la concept de enfriar las tensiones partidistas y trabajar con opositores políticos fue uno de sus mensajes centrales.
«Si llego a ser presidente, abriremos un bar en la Casa Blanca», dijo Graham. «Vamos a emborracharnos y resolver problemas».
Se enfureció cuando Trump criticó al héroe de guerra McCain por ser un prisionero de guerra, y el magnate inmobiliario de Nueva York dijo en un evento de campaña: «Es un héroe de guerra porque fue capturado. Me gusta la gente que no fue capturada». Graham llamó a Trump un «imbécil» que no debería ser presidente.
Luego, Trump leyó el número de teléfono de Graham en un mitin, que inundó al senador con llamadas y mensajes enojados.
En respuesta, Graham destruyó una colección de teléfonos móviles en un vídeo de acrobacias.













